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UN FUNCIONARIO AHI, POR FAVOR | por Guillermo Mazzoletti
Derribando
Lunes 6 de junio de 2011
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Derribante es un nombre genérico utilizado con amplitud tanto por laboratorios químicos de avanzada como por los mezcladores caseros, fabricando productos que nos protegen de los molestos insectos en circunstancias especiales de nuestras vidas.

Más concretamente, las moscas en los restaurantes y comederos y los mosquitos en el dominical y evanescente asado, ahora imaginariamente sostenido por la publicidad de “carne para todos” y sus falsificaciones.

Con ese nombre se encuentran en el mercado piretroides que presentan algún grado de toxicidad para los animales de sangre caliente (lo somos), pero los derribantes famosos eran aquellos cuyos datos, para adquirirlos, los obteníamos cuando llegábamos demasiado temprano a la parrilla de la esquina, sorprendiendo al dueño pulverizando con un émbolo de bronce un líquido contenido en una botella de litro, sobre las mesas, platos y, a veces, paneras.

Escandalizados, nos demostraba que era inofensivo pulverizándose él mismo, lo cual –sumado a la ausencia total de dípteros- nos convertía en fanáticos usuarios del producto vendido en tal ferretería, hasta que el olvido lo borraba y nuestras mentes, condicionadas por la publicidad, volvían a los tóxicos aerosoles. Porque tóxicos eran los de antes. En 1949 se concedió el Premio Nóbel de Fisiología y Medicina al suizo Paul Müller, inventor en 1930 y descubridor de las propiedades antiinsectos del DDT. Paradójicamente, su fabricación se prohibió en 1973 al comprobarse que su toxicidad y permanencia en el suelo podría contaminar alimentos. Algunos aún señalan, en oposición, que su desaparición provocó más de 50 millones de muertes por malaria en países asiáticos donde su uso la había casi erradicado.

Quizás algún lector recuerde el nombre del insecticida cuya publicidad radial rezaba “piretro, tanino, lethane, DDT y el gran chlordane. 5 en 1, y no se salva ninguno”. Muy efectivo, lástima que la ciencia posterior denunció que derribaba tanto dípteros como bípedos.

Siguiendo en el tiempo, recordamos al marcial soldadito de Flit, que hoy sería discriminado por su uniforme militar, aunque portaba como única arma el típico pulverizador con tanquecito y cilindro con émbolo, construido en hojalata. Las espirales Caracol eran efectivas y divertidas de despegar (venían de a dos, entrelazadas), protegiéndonos toda la corta noche de verano.

Siempre ha sido fácil prohibir la producción de inventos prodigiosos cuando más estudios evidencian problemas ocultos en su origen, y lo es porque las industrias química y farmacéutica, pese a sus intereses comerciales, son visibles, parte de la sociedad. Otros tóxicos tienen otra suerte. Difícil es la lucha contra la adicción al tabaco, única que exhibe ahora más concientización que punibilidad.

El alcohol sólo sufre restricciones horarias y el narcotráfico sigue siendo el más letal y provechoso de los negocios del crimen.

Aquí se repiten, multiplicados, los errores de la Ley Seca norteamericana, permitiendo la construcción de poder con las incalculables fortunas apiladas por organizaciones de las que es ocioso dilucidar si fue primero el huevo o la gallina, es decir, si es el narcotraficante el que se hace político o viceversa. Los efectos sociales son los mismos. Este gobierno, mientras incrementa sus posibilidades de perpetuarse en el poder, crece en la aceptación pública pese a la indescriptible corrupción con que se maneja, amparado por contralores y jueces escogidos con esmero para lograr que, por ejemplo, la Justicia Federal tome un promedio de catorce años para resolver o cerrar causas contra la administración pública.

Tienen las fronteras abiertas para el pasaje de drogas tóxicas, mientras gendarmería vigila rutas y villas; han vaciado el control aéreo por radares mientras cajonean las leyes antilavado de dinero y de derribos de aeronaves en vuelos ilegales. Esta ley rige en Perú, Colombia (¡epa! ¿países de derecha?) y Brasil (¡ah! Lula la promulgó en 2004). También Chile y Uruguay muestran que el progresismo, si no es sólo declamado, sabe qué reprimir.

Nuestra Municipalidad, entre las leyes y ordenanzas que no aplica, no tiene capacidad para derribar aeronaves contraventoras, por lo que si una avioneta infringe aquellas –en especial las referidas a ruidos molestos y sobrevuelo de zonas pobladas-, ensordeciendo a los ya colmados habitantes, no debe atacarla en el aire sino inmovilizarla en tierra.

Que es lo que no pasó el jueves y viernes últimos cuando una avioneta parlante, excediendo los normados decibeles, nos enloqueció mañana y tarde con una ininteligible publicidad.

No le fueron aplicadas las restricciones legales que corresponden en su primer aterrizaje de reaprovisionamiento, por parte de la autoridad, quizás porque ningún empleado público con cargo político se había quitado aún los auriculares o apagado su iPod, dejando por dos días a la ciudad sorda, desamparada y sin que se cumpla la legislación dispuesta y delegada a esos funcionarios que usufructúan su mandato.

No importa. Pocos meses más y los ciudadanos podremos efectuar un necesario y justificado derribo político.

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