EDITORIAL
Paisaje natural y paisaje urbano
historia y naturaleza se pueden conjugar para recrear una epopeya como la sanmartiniana, aunque haya que admitir que tampoco le faltan razones a quienes llevados por su vocación prefieren contemplar el paisaje urbano y cuanto él declara.
Viernes 30 de julio de 2010

En las páginas que preceden el relato de la aventura vivida y que dio lugar a su publicación en forma de libro, el prologuista refiere que “saber que se está pisando las mismas tierras que pisaron los mismísimos San Martín, Soler, Las Heras y otros cientos de abnegados soldados y montarse en una mula que lleva a los expedicionarios por senderos al borde de un abismo, es conectarse con la historia misma, y con la íntima esencia de la lucha por la libertad de nuestro país”; mientras que quien tomó a su cargo la transcripción de los comentarios de María Andrea Barayazarra, María Rita Bobo y Juan Carlos Ferreyra, señala que al episodio más sobresaliente en la vida del Gran Capitán se le agrega el internarse “en el silencio profundo y misterioso de la montaña, adonde la soledad, los vientos secos, fuertes y fríos hacen sentir en las carnes su intenso poder de congelamiento, adonde la magnificencia de la naturaleza los acercaría, sin lugar a dudas, más cerca de la existencia de Dios, nuestro Ser Supremo”.

Historia y naturaleza. “Pero a mí me agrada más contemplar el paisaje urbano”, nos señaló alguna vez nuestro recordado colaborador Víctor Eduardo Ordóñez, dando cuenta de su vocación hacia la polis, es decir la política y el valor que daba a las construcciones, el tráfico comercial, los movimientos humanos, la indumentaria de las gentes y sus rostros, en los cuales se vislumbra el bienestar y la felicidad, las carencias y padecimientos de las personas o grupos sociales. Porque aunque la historia se haya hecho en los campos de batalla que definieron las fronteras marcando el ámbito de las respectivas nacionalidades, en la ciudad se generó el Estado que permite –o debería hacerlo- la convivencia civilizada. Que es precisamente lo que hoy no se advierte y cuanto más grande es la ciudad mayores son los índices de intolerancia, atropellos, promiscuidad, miseria y abandono, constituyendo un padecimiento para quien tiene que ir por ejemplo a Buenos Aires.

Donde la existencia es medianamente tolerable de día para seguir el ritmo declinante del sol hasta el patetismo; viéndose entonces, entre otras cosas cada vez más gente dormir a la intemperie, con colchones que se ubican hasta en el vano de la ventana del edificio que fuera de la Caja de Ahorro Postal, frente a la plaza del Congreso con una altura de dos metros por lo menos, semejante a la de una cucheta, que es el recurso al que apelan los constructores de los buques cuando espacio es lo que falta. Es decir, que en Buenos Aires, en este momento existe déficit de viviendas…y de zaguanes.

Hay que compadecerse de cuantos han llegado a tales extremos de indigencia, pero también sacarlos de donde están y una solución sería la de techar algunos de los estadios de fútbol, aunque sea con lonas, dándoles un sitio siquiera para pasar la noche, mientras se buscan alternativas según las situaciones individuales, que pueden ser desde dar un trabajo honesto y aún una vivienda al que lo merece, hasta la prisión al que la merece también, que de estos y otros casos habrá una multitud.

No es esta para nada una apreciación contra los pobres, desde que el paisaje urbano asimismo nos hizo volvernos contra los “ricos y poderosos”, cuando primero se oyó y después se vió –como San Juan en la isla de Patmos- el ulular de las sirenas de los motociclistas precediendo a enormes coches azules que custodiaban a otro más grande aun y todavía más oscuro, espectáculo ante el cual sólo nos surgió desde dentro del alma la pregunta natural y lógica, proclamada en alta voz: “¿Quién será el sinvergüenza que pasó?”, merecedor de favorable y unánime acogida entre la multitud. Estas son otras tantas postales del “paisaje urbano”.

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